Entrada al Concurso "La máscara: el rostro oculto" | Miércoles de ceniza

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Quedan ya pocos días para que puedas participar en el nuevo concurso convocado por #Literatos: Concurso de relatos: "La máscara: el rostro oculto" y no quería dejar de participar e invitar a quienes me leen a sumarse a este interesante reto que se plantea para seguir explorando nuestras habilidades literarias.

Sin más preámbulo, los dejo con mi participación, que espero que la disfruten y se convierta en estímulo para atraer nuevos participantes.

There are only a few days left for you to participate in the new contest organized by #Literatos: "La máscara: el rostro oculto" Story Contest. I didn't want to miss the chance to take part and invite my readers to join this interesting challenge designed to continue exploring our literary skills.

Without further ado, I leave you with my entry, which I hope you enjoy and that it serves as an inspiration to attract new participants.



English version below!

El calendario marcaba febrero, ese paréntesis en el tiempo donde la cordura se rinde ante el estruendo de los tambores, las comparsas y el color de las serpentinas. En el gran balcón de la metrópoli, el Gran Arquitecto del Orden observaba la marea humana. Para los pueblos del sur, el carnaval se había convertido en un desborde de alegría callejera, un río de purpurina que ocultaba los sedimentos de antiguos rituales de transgresión. Pero para él, el carnaval no era una fiesta estacional; era un método de gobierno, una forma de vida.

Durante décadas, aquel hombre había habitado una máscara perfecta. No era una de esas máscaras toscas de papel maché que se venden en las plazas de de los pueblos. La suya era una suprema pieza de ingeniería social, un antifaz de seda transparente, tejida con los hilos de la "bondad", la "libertad" y la "democracia". Bajo ese rostro de porcelana impoluta, su mirada era de un azul gélido, capaz de calcular el costo de una vida en la misma fracción de segundo en que ensayaba su sonrisa de cordero.

Su estrategia era tan antigua como el teatro griego y tan efectiva como un fusil de precisión. Mientras recorría el mundo repartiendo promesas de prosperidad, susurraba al oído de sus fieles una narrativa de espanto. Con un dedo acusador, señalaba a sus enemigos —aquellos que se resistían a su sistema de pesas y medidas— y los acusaba de las atrocidades más infames. "Comen niños", proclamaba con la voz quebrada por una falsa indignación, mientras en la penumbra de sus salones privados, el banquete de la inocencia era el plato principal de su festín de poder.

Su obra maestra, no obstante, fue el "Entrenamiento del Orden". Exportó a la América Latina una doctrina de vigilancia donde el silencio se compraba con dolor. Bajo su tutela, las fuerzas policiales aprendieron que la desaparición era una forma de arte y la tortura un lenguaje de Estado. Lo irónico era que, dentro de sus propias fronteras, su pueblo vivía en una burbuja de civismo y derechos garantizados. El ciudadano común de su metrópoli no podía imaginar que las manos que firmaban sus leyes de bienestar eran las mismas que entregaban los manuales de interrogatorio en las selvas del sur. Su máscara era bidireccional: un espejo de justicia para los suyos y una venda de hierro para los demás.

Pero el tiempo, ese juez implacable que no entiende de disfraces, terminó por fatigar al hombre detrás de la seda. El peso de la simulación se volvió aburrido. Una mañana de febrero, mientras el mundo esperaba el tradicional mensaje de fraternidad, el Gran Arquitecto sintió un asco profundo por su propia invención. Decidió que el carnaval debía terminar, no por un arrebato de honestidad, sino por la soberbia de quien se sabe dueño de la realidad.

Se despojó de la máscara ante las cámaras del mundo.

Se arrancó el antifaz de cordero, revelando la mandíbula de lobo, los ojos hundidos por el desprecio y la piel curtida por la pólvora de mil guerras financiadas. Habló con una crudeza que habría hecho temblar los cimientos de cualquier civilización previa. A la vista quedaron todas esas cosas que antes de disfrazaban, se ocultaban, se negaban y quedó en evidencia, que las acusaciones contra sus enemigos no eran más que proyecciones de su propia sombra.

Algunos quedaron en silencio por un instante. Se esperaba el grito de horror, la caída del ídolo, el estrépito de una estatua derrumbándose.

Pero no ocurrió nada.

La gente, con los ojos empañados por décadas de veneración, lo miró fijamente. En un fenómeno de ceguera colectiva, el público no vio el rostro del monstruo. Sus seguidores, acostumbrados a la iconografía de la "bondad", interpretaron la desnudez de su maldad como una nueva forma de "transparencia heroica". Cuando él gritaba insultos, ellos oían verdades necesarias. Cuando mostraba las manos manchadas de sangre, ellos veían el sacrificio de un mártir por la seguridad global.

—¡Es tan auténtico! —gritaba la multitud, mientras aplaudían con un frenesí religioso.

La máscara se tornó innecesaria porque la imagen se había fundido en la retina del espectador. La mentira se había convertido en la única verdad que el pueblo estaba dispuesto a tolerar. Ya no necesitaba esconderse; ahora podía hacer lo que quisiera a plena luz del día, bajo el estruendo de los vítores.

La esperanza residía antes en el Miércoles de Ceniza. Pues al terminar el carnaval las máscaras caerían para revelar la identidad humana.

Pero en este nuevo carnaval, ese día ya no existe. Si el hombre se quita la máscara y el mundo se niega a ver su rostro real, ¿cuál es la esperanza? Si la cruda verdad es aplaudida como si fuera el disfraz más brillante, entonces el ritual ha triunfado sobre la realidad.

El Gran Arquitecto sonrió, esta vez sin necesidad de seda ni porcelana. El carnaval ya no era una estación; era una condena permanente donde la revelación ya no liberaba a nadie, y donde el espejo, por fin, había aprendido a mentir mejor que el hombre.

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English version

The calendar marked February, that parenthesis in time where sanity surrenders to the roar of drums, the parades, and the color of streamers. From the grand balcony of the metropolis, the Great Architect of Order observed the human tide. For the peoples of the south, carnival had become an overflow of street joy, a river of glitter hiding the sediment of ancient rituals of transgression. But for him, carnival was not a seasonal holiday; it was a method of governance, a way of life.

For decades, that man had inhabited a perfect mask. It was not one of those crude papier-mâché masks sold in town squares. His was a supreme piece of social engineering, a transparent silk veil woven with threads of "goodness," "freedom," and "democracy." Beneath that face of unblemished porcelain, his gaze was a frigid blue, capable of calculating the cost of a life in the same fraction of a second he rehearsed his lamb-like smile.

His strategy was as old as Greek theater and as effective as a precision rifle. While traveling the world handing out promises of prosperity, he whispered a narrative of horror into the ears of his faithful. With an accusing finger, he pointed at his enemies—those who resisted his system of weights and measures—and accused them of the most infamous atrocities. "They eat children," he proclaimed with a voice cracked by false indignation, while in the gloom of his private parlors, the banquet of innocence was the main course of his feast of power.

His masterpiece, however, was the "Training of Order." He exported to Latin America a doctrine of surveillance where silence was purchased with pain. Under his tutelage, police forces learned that disappearance was a form of art and torture a language of the State. The irony was that, within his own borders, his people lived in a bubble of civility and guaranteed rights. The average citizen of his metropolis could not imagine that the hands signing their welfare laws were the same hands delivering interrogation manuals in the southern jungles. His mask was bidirectional: a mirror of justice for his own, and an iron blindfold for the rest.

But time, that relentless judge who does not understand disguises, eventually fatigued the man behind the silk. The weight of the simulation became boring. One February morning, while the world awaited the traditional message of fraternity, the Great Architect felt a deep loathing for his own invention. He decided the carnival must end, not out of a burst of honesty, but out of the arrogance of one who knows himself to be the master of reality.

He cast off the mask before the cameras of the world.

He tore away the lamb mask, revealing a wolf’s jaw, eyes sunken by contempt, and skin weathered by the gunpowder of a thousand funded wars. He spoke with a rawness that would have shaken the foundations of any previous civilization. All those things that were previously disguised, hidden, or denied were left in plain sight, and it became evident that the accusations against his enemies were nothing more than projections of his own shadow.

Some fell silent for a moment. A cry of horror was expected, the fall of the idol, the crash of a collapsing statue.

But nothing happened.

The people, their eyes clouded by decades of veneration, stared at him intently. In a phenomenon of collective blindness, the public did not see the face of the monster. His followers, accustomed to the iconography of "goodness," interpreted the nakedness of his evil as a new form of "heroic transparency." When he shouted insults, they heard necessary truths. When he showed blood-stained hands, they saw the sacrifice of a martyr for global security.

"He is so authentic!" the crowd cried, applauding with a religious frenzy.

The mask became unnecessary because the image had fused into the spectator's retina. The lie had become the only truth the people were willing to tolerate. He no longer needed to hide; now he could do as he pleased in broad daylight, under the roar of cheers.

Hope used to reside in Ash Wednesday. For when the carnival ended, the masks would fall to reveal human identity.

But in this new carnival, that day no longer exists. If the man removes his mask and the world refuses to see his real face, what is the hope? If the raw truth is cheered as if it were the most brilliant disguise, then the ritual has triumphed over reality.

The Great Architect smiled, this time without the need for silk or porcelain. Carnival was no longer a season; it was a permanent sentence where revelation no longer liberated anyone, and where the mirror, at last, had learned to lie better than man.

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Foto de Vlad Hilitanu en Unsplash

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"De la vida, la pasión y de la muerte"

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3 comments
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¡Vaya forma de hablar del diablo! Sin duda, tu relato inspirador guarda verdades más allá de la ficción.

Saludos, Ylich.

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Cuando luego de tantos años perdemos la habilidad de observar, aunque la realidad se nos presente sin máscaras, solo unos pocos somos capaces de verla, pero el fanatismo lleva a la mayoría a seguir viendo la máscara, aunque la realidad sea otra distinta.

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